"Gracias a la vida"
En memoria de mi
abuelo
Para poder yo mismo entender lo
que estas líneas pretenden transmitir, debo primero vislumbrar que su propósito
ha sido envuelto en una metamorfosis, que ha tenido como principio una suma
alegría, pero ahora llevan consigo una marca de tristeza y melancolía.
La semana transcurría previa
al día de mi vigesimocuarto aniversario de vida, una semana llena de estrés sí,
trabajo sí, pero también de aprendizaje, de deporte, de juntas y otros
menesteres referentes a la vida académica. Al notar la proximidad de la ya
mencionada festividad, las ideas comenzaron a rondar en mi cabeza, pensando en
el primer cumpleaños lejos de mi hogar, mi familia y mis amigos, la sensación
resultante podría describirse como turbia, gris y tal vez con un ligero matiz
depresivo, siendo así que el día martes, intenté en lo posible evitar el contacto
con mis compañeros de clase, tenía una especie de hastío conmigo mismo, quería
estar sólo, y tal vez así prepararme para el día que bien pudiera haber sido
parte de la lista de los días grises de mi vida.
Para mi buena fortuna, el
miércoles ese sentimiento tan pesado se había aminorado, a consecuencia del
entusiasmo por un cierto concurso venidero, y la necesidad de preparar mis
trámites referentes a la situación de inmigración en mi ahora país de
residencial. El jueves las cosas mejoraron aún más, pues como parte de la
tradición gaélica que persiste en estas tierras, el ambiente estaba conmocionado
por las celebraciones de Halloween, y en compañía de mis más cercanos
compañeros de estudios realizamos un recorrido nocturno por los viejos
edificios del campus sur, aquellos que junto con su arquitectura medieval y
palaciega alojan cientos de historias y anécdotas, dentro de las cuales,
resulta posible encontrar algunas del género que es capaz de erizar los más finos
bellos del cuerpo humano, a consecuencia del miedo que incitan. De tal suerte
que había, casi por completo, olvidado aquella nostálgica sensación.
El cierre e inicio perfecto se
dio cuando en conjunto con Mihai y Daniela, compañeros de estudios originarios
de Rumania, planeamos un viaje para el día sábado a uno de los castillos irlandeses
cercanos al área de Dublin, el castillo de Malahide, esto me animó por
completo, pues no siempre se puede celebrar un cumpleaños en un castillo.
Y así fue que el sábado día
veintisiete del mes de octubre del año presente comenzó mi cumpleaños número
veinticuatro, con un día tan raro, tan frío y tan soleado, y en compañía con
mis compañeros ya referidos, partimos en el autobús que sigue la ruta número
sesenta y seis hacia Dublín, donde después de esperar un rato, dejando los
minutos ir en un centro comercial, tomamos nuevamente un autobús, esta ocasión
el de la ruta treinta y dos a, que nos llevaría hasta el pintoresco poblado de
Malahide, un lugar a orillas del mar, cuyas suaves olas rompen en orilla de
tierra más que arena.
Tras caminar un momento por la
pequeña ciudad, y tomar algún ligero bocadillo, llegamos a la entrada del
camino que nos llevaría hasta el castillo, camino digno de mencionar debido a
su vasto colorido esmeralda, con aquella vida que parecía interpretar la tranquilidad
compuesta por un bosque, camino que algunos llamarían un lugar de sueños, tan
calmo y apacible que pese a su no tan prolongado recorrido, el tiempo parecía
expandirse.
Finalmente llegamos al castillo
de Malahide, hogar de la poderosa familia irlandesa Talbot, que lo habitó desde
1185 hasta 1976, aquí debo confesar mi ligera desilusión, pues las dimensiones
de la fortaleza eran relativamente pequeñas, y el recorrido nos permitió
conocer únicamente un par de pares de habitaciones que incluían el gran
comedor. Aquí mismo debo mencionar que resulta fascinante esa experiencia de
poder viajar en el tiempo, y poder palpar con manos propias y divisar con
propios ojos, aquellas paredes, muebles, marcos, chimeneas de mármol italiano, pinturas,
alfombras y detalles, que de poder hablar, seguro una historia cada uno podría
contar.
Al finalizar el recorrido por
el castillo, proseguimos con su igual en el jardín botánico, con vergüenza debo
reconocer que la falta de información visual o personal me limitaron en el
conocimiento de las especies vegetativas que se encontraban en el lugar,
teniendo como única ganancia el aprendizaje de que varias de ellas eran originarías
de Tasmania. Se suma a esta victoria aquella sensación de libertad, al recorrer
el entramado de sendas del jardín poblado de esa escala de verdes, sombras,
luces y reflejos, y ese profundo respirar que me permitió llegar la consciencia
de la maravilla de poder celebrar mi cumpleaños en aquel lugar, un segundo
suspiro recordar la cercanía a mi hogar, y despertar a la razón de que cada uno
de mis seres amados realmente vive en mi corazón.
No podría precisar el tiempo
que disfrutamos en aquel lugar, previo a dirigirnos a la orilla del mar, donde
caminamos un momento acompañados del ligero susurro de las olas, de los claros
reflejos del sol poniente sobre el agua, del suave vaivén de los pequeños
barcos en el muelle y a la distancia, del aire frío arremetiendo contra el
rostro, como un grito de vida, cual balde de agua fría para salir del aletargamiento
producido por el sueño.
Listos ahora para partir y
dejar aquel recorrido en nuestras memorias, tomamos una vez más el autobús con
destino a Dublín, al llegar ahí en común acuerdo decidimos ir a la sala de
cine, a ver el recién estrenado film de la conocida saga 007, mismo que lleva
por nombre Skyfall, espero no estropear la historia para quienes no la han
visto, así que sólo mencionaré que me pareció un tanto diferente a las producciones
previas, centrada más en una secuela que en una historia semiindependiente, y
que al final puede aplaudirse el hecho de que como todo ciclo, tiene un cierre,
y que este cierre haya sido tan bien diseñado en términos de cómo una vida ha
contado una historia, pero llega un momento en el que simplemente no se puede,
o tal vez no se debe continuar, y es entonces el momento preciso para decir adiós,
espero que si algún día al ver esta película, estas palabras hagan eco en la
memoria.
Siendo cerca de las nueve de
la noche, con la oscura noche encima y el frío característico rondando en torno
a nosotros, decidimos volver a casa, nos dirigimos a la parada del autobús donde
tomamos la ruta 66 de regreso a Maynooth. Al llegar sólo una dulce sensación
quedaba en mi cabeza, pues sin lugar a dudas este había sido un cumpleaños
diferente, por mucho, mejor de lo que había temido, y por tanto diferente a
cuanto hubiese esperado, así fue que al terminar el día sólo podía pensar en la
maravillosa vivencia que acababa de experimentar.
Fue el vigésimo octavo día del
mes de octubre cuando desperté con aquella gran alegría al haber recibido un
nuevo año más de vida en tan gratas circunstancias, sumando a esto las tal vez
no cuantiosas, pero sin duda sinceras felicitaciones que me fueron obsequiadas
mediante los medios modernos de comunicación, haciendo presente el valor de la
familia y la amistad, fuerzas que considero como las estrellas, pues no siempre
pueden verse, pero tengo la certeza de que siempre están y estarán ahí.
Envuelto en este gozo fue que al
acercarse el ocaso del día, recibí de mi padre una noticia que podría acaso
ceñir una sombra de amargura sobre el dulce sabor de boca que la celebración
previa me había dejado, la noticia después de un gris preámbulo fue como un
relámpago en la oscuridad golpeando con la fuerza del rayo contra mi pecho, sin
haberlo siquiera esperado me enteré que mi abuelo, padre de mi madre, y cabeza
sólida de mi familia materna, había fallecido el martes previo, sin poder hacer
más nada, el llanto corrió cual inocente presa huyendo de su depredador, mi
garganta en un nudo se volcó, y mi estómago en un vacío se quedó, sin poder
siquiera pensar, enmudecí y me sumergí en la profunda tristeza que aún en este
momento me invade.
Instante seguido no quise más
que estar con mi madre, de quien sentí necesitar tanto como pensé que ella me
necesitaría a mí, quise correr, tal vez volar a su lado, estrecharla fuerte
contra mis brazos, y encontrarme yo entre los suyos, nada podía hacerse,
impotencia, tristeza, debilidad, ignorancia e inclusive culpa por la ausencia,
son las sensaciones que me empujaron hacia la esquina del llanto una y otra y
otra vez, pues no importa que tan grande o fuerte sea uno, nunca se será lo
suficiente como para no sucumbir ante la pérdida de un ser amado.
Horas después, puedo decir que
he logrado asimilar la noticia, y como consecuencia es que he decidido concluir
estas líneas, ya no con intención de compartir mi suma alegría, pues ella ya no
es pura, ahora bien la intención es que estas palabras sirvan como un regalo de
despedida y como una reflexión sobre la vida misma, que se sirvan estas letras
en ser un medio para el agradecimiento profundo por la vida que se me ha dado,
y por la vida de aquel ser que nos ha dejado.
Es así que hoy agradezco a
Dios, porque a lo largo de estos veinticuatro años me ha regalado una suma de
dichas, que aún sin merecerlas, me han permitido disfrutar cada instante de mi
existencia, y que la parte fundamental de esa alegría han sido mis seres
queridos, familia y amigos. Decir lo agradecido que le estoy por haber puesto
en mi camino a “mi abuelito Rafa”, hombre admirable por su fortaleza y su deseo
de vivir, por su honradez y rectitud en todo instante, por su bondad para con
su prójimo, y su amor para con los suyos, hombre que con su esfuerzo construyo
una familia sólida, fundada en la hermanad y el calor familiar, hombre
sacrificado en aras de dar lo mejor a sus hijos.
He aquí que comparto mis
memorias, donde él vivirá por siempre, en cada recuerdo de sus historias, ya
sea en aquellas de la revolución, de la hacienda o del tesoro, en una resortera
hecha a mano, en una mazorca de maíz recién cosechada o en un árbol recién
plantado, en ese respirar a veces cansado, pero siempre ansioso de vivir, en
aquellas mañanas de televisión, en ese andar erguido con los zapatos sucios, en
ese discutir sobre lo correcto, y en ese aprender constante, esas lecturas de
la biblia todas las mañanas, corretear a la familia para ir a misa, los cinco
pesos que regalaba, ese costoso y buen sombrero, o ese abrigador gabán, las
tardes de dominó y baraja, los regaños dados y recibidos, los meses fríos en el
hospital, tal noches musicalizadas por sus ronquidos, aquellos columpios en el
árbol de ciruelas, o los nanches colectados, esa fuerza y vigor de un hombre
casi en plena juventud, esas manos ásperas como las del hombre que es uno con
la tierra, su cabellera blanca, sus cejas canas y esos ojos casi grisáceos.
Recuerdo aún que antes de
venir, tuve la oportunidad de devolverle un poco de lo que él me dio que fue
tanto, fue mi madre, mi familia, mi tierra michoacana, yo por mi parte, traté de darle mi ciencia,
recuerdo cuan retador era tratar de explicarle qué era o cómo funcionaba una
computadora, no sé siquiera si algún día logró entender lo que yo hacía, pero
sé que en un mapa pude mostrarle dónde estaría. Recuerdo también aquella última
bendición, pidiéndome que me cuidara, y esa despedida, esa despedida que no
quisiera que fuera la última, pero ya no hay nada qué hacer, así que sólo me
quedo con todos estos y más recuerdos, y con un profundo agradecimiento por
haber sido parte de mi vida.
“Descanse en paz Rafael Santana
Rosas”
